Su empresa no necesita transformarse digitalmente. Necesita pensar diferente.
- Manuel Yanez

- hace 5 horas
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Actualizado: hace 3 horas

Hace algunos años trabajé con una editorial que llevaba casi tres décadas publicando revistas.
Como muchas empresas, había entendido perfectamente que el mundo estaba cambiando. Había internet, redes sociales, nuevos dispositivos, nuevas formas de consumir información. La famosa transformación digital aparecía todos los años en sus planes estratégicos.
También todos los años sucedía más o menos lo mismo.
La revista se escribía, diseñaba, cerraba y enviaba a la imprenta exactamente como siempre. Una vez terminada, alguien la convertía en PDF, la subía a internet, publicaba algunas cosas en redes sociales y podía marcar la casilla:
Transformación digital: en proceso.
El problema era evidente.
O quizá no.
Porque durante mucho tiempo pensamos que el problema era que la empresa no estaba adoptando suficientemente rápido la tecnología.
No era eso.
El verdadero problema era que seguía pensando como una empresa de revistas impresas.
Había cambiado algunas herramientas.
No había cambiado su manera de pensar.
En 2019 escribí sobre aquella experiencia una frase que sigo considerando vigente:
No se trata de transformar el producto. Se trata de transformar el pensamiento.
Siete años después estamos repitiendo exactamente la misma historia.
Sólo cambiamos las palabras.
Antes decíamos:
Transformación digital.
Hoy decimos:
Inteligencia Artificial.
Todos quieren implementar IA
Entro a una empresa y la conversación empieza con preguntas como:
¿Qué herramienta debemos utilizar?
¿ChatGPT o Copilot?
¿Podemos hacer un agente?
¿Qué procesos podemos automatizar?
¿Cómo hacemos para que toda la empresa use IA?
Las preguntas son comprensibles.
El problema es que probablemente llegan demasiado pronto.
Antes de preguntarnos qué tecnología incorporar tendríamos que responder algo mucho menos emocionante:
¿Qué queremos conseguir?
Parece obvio.
No lo es.
Un director puede decir:
“Quiero automatizar el proceso de compras.”
Muy bien.
¿Para qué?
Para hacerlo más eficiente.
¿Eficiente en qué?
¿Tiempo?
¿Costo?
¿Inventario?
¿Disponibilidad?
¿Menos errores?
¿Mejor capacidad de negociación?
¿Menor dependencia de determinadas personas?
¿Queremos automatizar compras o queremos mejorar la capacidad de la empresa para decidir qué comprar, cuánto comprar y cuándo hacerlo?
Son problemas diferentes.
Y probablemente necesitan soluciones diferentes.
La IA puede hacer cosas extraordinarias.
Pero la herramienta correcta aplicada al problema equivocado sigue siendo equivocada.
Digitalizar un proceso malo no lo convierte en un buen proceso
Este error no nació con la inteligencia artificial.
Durante años las empresas digitalizaron procesos que nadie se había detenido a cuestionar.
Un formulario de papel se convirtió en formulario electrónico.
Una autorización física se convirtió en aprobación digital.
Una junta presencial se convirtió en videollamada.
Un reporte impreso se convirtió en dashboard.
Todo más rápido.
Todo más moderno.
Todo más digital.
Pero nadie preguntó:
¿Por qué hacemos esto?
En ocasiones descubrimos que hemos invertido millones para conseguir hacer mucho más rápido algo que probablemente no deberíamos estar haciendo.
Ahora la IA multiplica esa posibilidad.
Podemos automatizar reportes que nadie utiliza.
Generar presentaciones que nadie necesita.
Resumir juntas que no deberían existir.
Responder correos que quizá nunca debieron enviarse.
Crear agentes para recorrer procesos que fueron diseñados para una empresa que ya no existe.
Es impresionante.
También puede ser completamente inútil.
El problema no está en la tecnología
La tecnología cambia muy rápido.
Las preguntas fundamentales cambian mucho menos.
¿Qué hacemos?
¿Para qué lo hacemos?
¿Para quién?
¿Qué problema resolvemos?
¿Qué resultado queremos producir?
¿Qué información necesitamos?
¿Qué estamos suponiendo?
¿Con qué criterios vamos a decidir?
Entonces, y sólo entonces:
¿Cómo lo hacemos y con qué?
El orden importa.
Porque si empezamos por la herramienta, ésta termina definiendo el problema.
Si empezamos por el problema, podemos decidir qué herramienta necesitamos.
Parece una diferencia pequeña.
No lo es.
Es la diferencia entre adoptar tecnología y diseñar una empresa mejor.
Regresemos a la editorial
Cuando aquella empresa dejó de pensar que su producto era una revista empezó a descubrir algo interesante.
Su producto no era realmente una revista.
Tenía una marca.
Tenía conocimiento.
Tenía historias.
Tenía especialistas.
Sobre todo, tenía una audiencia interesada en determinado contenido.
Entonces la pregunta dejó de ser:
¿Cómo convertimos nuestra revista impresa en digital?
Y comenzó a ser:
¿Cómo creamos valor para nuestra audiencia todos los días?
Eso cambió todo.
Qué contenido producir.
Cuándo producirlo.
Dónde publicarlo.
Qué debía vivir en redes sociales.
Qué debía estar en el sitio.
Qué podía aparecer en video.
Qué merecía profundidad.
Qué función podía conservar la revista impresa.
Incluso cambió lo que vendía el departamento comercial.
Ya no eran páginas.
Eran soluciones de comunicación.
La tecnología había estado disponible desde antes.
Lo que faltaba era pensar el negocio de otra manera.
Hoy sucede lo mismo con la IA
Una empresa puede contratar las mejores plataformas de inteligencia artificial, capacitar a cientos de personas, construir agentes y automatizar decenas de procesos.
Y continuar pensando exactamente igual.
Puede tener más información y tomar las mismas decisiones.
Puede producir reportes más rápido sin mejorar el criterio.
Puede automatizar procesos sin cuestionar por qué existen.
Puede dar IA a sus colaboradores sin definir qué capacidad quiere aumentar.
Puede incluso volver más eficiente un sistema que produce el resultado equivocado.
Por eso quizá la transformación que tenemos enfrente no sea fundamentalmente tecnológica.
Es una transformación en la manera en que una empresa:
entiende lo que está ocurriendo,
formula sus problemas,
organiza su información,
establece criterios,
toma decisiones,
coordina a las personas
y aprende de los resultados.
Después viene la tecnología.
Y ahí sí puede convertirse en algo extraordinariamente poderoso.
Una empresa no piensa porque tenga IA
Tampoco piensa porque tenga datos, procesos documentados o dashboards.
Una empresa empieza a pensar mejor cuando consigue conectar lo que observa con lo que interpreta; lo que sabe con lo que necesita decidir; lo que quiere conseguir con la forma en que organiza su acción.
La inteligencia artificial puede aumentar enormemente esa capacidad.
Puede analizar.
Encontrar patrones.
Contrastar información.
Simular escenarios.
Automatizar tareas.
Ayudar a formular hipótesis.
Acompañar decisiones.
Pero antes necesitamos saber qué capacidad queremos aumentar.
De otra manera, estaremos haciendo con la IA exactamente lo que aquella editorial hizo con sus revistas:
tomar lo que ya hacemos,
pasarlo por una tecnología nueva
y llamarlo transformación.
La pregunta que queda
Antes de decidir qué herramienta de inteligencia artificial implementar en su empresa, lleve una pregunta a su próxima reunión de dirección:
Si hoy pudiéramos olvidar por un momento nuestros procesos, sistemas y organigrama, ¿qué problema estamos tratando realmente de resolver y qué resultado necesitamos producir?
Puede ser una conversación bastante más incómoda que preguntar qué IA comprar.
También puede ser el inicio de una verdadera transformación.
La Empresa que Piensa es una conversación semanal sobre cómo diseñar organizaciones que entienden mejor, deciden mejor y actúan mejor.




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